La palma y el ciclón

Por Isbel Díaz Torres

Siempre estuvo allí la palma, tras mi persiana. Sin embargo, las fuerzas más leves del huracán Irma pudieron contra ella, y culminó arrasada, lanzada en plena calle, y troceada después.Un apretón de pecho me hace avergonzarme, pero no se va.

Miles de personas sufren la pérdida de sus techos, el desastre en la cuadra, la falta de electricidad, agua, y gas; el desabastecimiento total. Hasta muertes trajo este ciclón. El dolor y el desamparo recorren la isla, y tras este momento, vendrán meses de carestía y crisis.

Pero camino por las calles, y veo cómo los árboles, con sus desnudas raíces al aire, de pronto se convierten en enemigos íntimos de mis vecinos. A nadie le importa que ellos también han muerto, que ellos no querían romper nada, que a ellos no los evacuó nadie (voluntaria ni forzosamente).

Ni siquiera queda el consuelo que tendrán alguna utilidad (carbón, papel, muebles, energía), pues al menos en La Habana los llevan directo al Vertedero de Calle 100, y allí culminan sus cuerpos como basura.

Un funcionario en la TV, con su icónica camisa de cuadros y su solapín, dice con orgullo y tono autoritario:“Estamos talando árboles, cortando árboles, y botando árboles”, mientras vecinos y vecinas esperan la llegada de la empresa eléctrica con nuevos postes (que alguna vez fueron árboles) para volver a levantar sus redes de electricidad.

Los bosques del centro de isla quedaron quemados por la fuerza de los vientos del huracán Irma. Foto: Heidi Calderón.

No conozco aún estadísticas aproximadas de la cantidad de árboles que murieron tras el paso de Irma, cuántos arrancados de raíz, cuántos partidos, cuántos desecados por la fuerza de los vientos, cuántos talados o podados excesivamente antes o después del evento. Seguro nunca lo sabré.

Cuando inicié mi carrera como biólogo, enseguida comprendí que me interesaban más los vegetales, por esa característica de tener que sobrevivir allí mismo donde germinan. Es la metáfora opuesta al emigrante cubano. Eso me parecía casi heroico.

Ahora comprendo que no se trataba solo de sobrevivir, sino incluso llegar a morir en el lugar, si alguna fuerza devastadora apareciera. Y esa “terquedad”, esa “insistencia”, debiéramos agradecerla.

No quisiera ver esta isla sin sus árboles, completamente expuesta a las fuerzas arrasadoras de un huracán. Nada contendría los objetos que como proyectiles vuelan con las ráfagas de viento. Menor efecto erosionante tendría el suelo pelado sobre un huracán que entra potente, proveniente del mar que lo alimenta.

Por eso yo, junto a mis compas del Guardabosques, siento que debo seguir sembrando árboles, pese a los ciclones, pese a la desidia de la gente, pese a las brigadas militarizadas que avanzan reafirmando el mensaje antropocéntrico de “quítate tú pa ponerme yo”.

 

Palma

No hay que volver. Que la aventura es esa.
Eugenio Florit

Rueda el carro y los adrales
que me confinan descorro,
queda mi faz al socorro
de las rachas vesperales.
Mis manos como fanales
ante mis ojos se ahuecan
siguiendo el paisaje, pecan
de carecer celuloide,
mas son como de un androide
las luces que en mi ojo secan,
y se estampa en la retina
-celuloide suficiente-
la imagen que roza al lente
movedizo y que lo afina.

En el paneo la ondina
se asoma tras la laguna,
medrosa. Primero es una,
después son dos abrazadas
sin tocarse, como arcadas
vegetales a la luna.

De zorzales el corrillo
sigue a la cámara absorta,
y en el recodo que acorta
tenaz el agreste trillo,
se deslumbra por el brillo
de los glaucos capiteles:
son ondinas con boceles
de frío musgo en sus bases:
mi mano se enciende en haces,
mis ojos se apagan, fieles.

A aquella ruta hoy regreso
sin cámara, luz ni carro,
sólo una ondina en el barro
del patio ajado y confeso.
Su tronco endeble en exceso,
su penacho sin el lustre
de aquel tiempo, ante un lacustre
paisaje en que nadie ríe…
Mi ondina, no hay quién me guíe
a tu paz, no hay quién me ilustre
como retener la infancia
cuando el oro ya ha pasado.
El musgo crece al costado
de tus piernas. Ya no escancia
el rocío la sustancia
fulgurante entre tus flores
invisibles, los albores
son como escamas sin pez,
sólo brillo, tiempo es
de que yo parta, y tú llores.

Isbel Díaz Torres

Deje su comentario

A %d blogueros les gusta esto: