La sentencia de un hereje

Por Isbel Díaz Torres

¿Puede el ser humano, verdaderamente, limpiar aquello que ensucia? Si este planeta fuera la sala de la casa, con un trapeador y una frazada de piso, fuera posible, en una pasadita, acabar con la mugre. Pero la polución del mundo –que es también la del espíritu humano– no desaparece bajo ninguna bayeta.

Las piezas que mostramos corresponden a la colección “La sentencia del hereje” del joven artista Orlando Quintero Tesoro, quien nos trae sus humildes frazadas para limpiar la costra, el venenoso aliento de la especie sobre los suelos, en un ingenuo intento de aclarar la atmósfera, de decirla sucia para lograrla transparente.

Sus plasmaciones figurativas no llegan a sorprendernos del todo: somos a la vez esas víctimas y esos victimarios que habitan sus cuadros. Lesionamos nuestros cuerpos con la misma ligereza con que quebrantamos la gota de agua, o arrancamos la planta para colgar en su lugar una insípida guirnalda de flores plásticas.

El cinismo de quienes hemos sobrevivido el fin del milenio y las profecías mayas de la destrucción del mundo en el 2012, hiere una sensibilidad como la de Tesoro, quien apenas estrena sus 30 años mirando, asombrado, el abandono del culto a la madre Natura, y la laceración del cuerpo humano.

La humillación cristiana, esa entrega voluntaria al dolor, parece ser la desesperada fórmula que el artista propone para denunciar el estado de cosas que desdibujan las urbes pobladas del mundo. Cruz-cadalso para el sufrimiento, pero cruz-redentora al fin y al cabo. El hallazgo de la verdad a través del suplicio pareciera ser una posible tabla de salvación.

Porque el hombre naufraga. Tesoro lo sabe, lo vive, lo sufre. Un noble sentimiento lo conduce en esta aventura de limpieza ética, de denuncia moral, pero en realidad no sabe qué promesas hacer al pragmático e insaciable consumidor que lo mira, seguro de sí, fuera/dentro de estos cuadros.

El pobre pescador que con toda parsimonia tira su carnada en medio del desierto, pareciera que está de frente al vacío, mas no es del todo así. Este de aquí, mira en consternación su propio espíritu arrasado, y allí pone su vara. Más que sacar, pareciera que lo anima la voluntad de devolver lo que antes robó impunemente.

Cada paso que nos aleja de la naturaleza, nos acerca más a la desidia y la autoflagelación, aun cuando intentemos recortar postalitas de paisajes vírgenes para decorar alguna libreta, aun cuando deseemos, con el cursor, escoger las secciones más iluminadas en la pantalla de la computadora. Esta entrega de Orlando Quintero Tesoro, por tanto, figura como un empeño en el sentido contrario al cauce ¿natural? por donde ¿avanzan? las sociedades contemporáneas.

Bienvenida entonces la herejía. Ojalá las frazadas con que se limpia hoy este espacio digital, alcancen para limpiar más allá y más adentro, y no se desgasten tan rápido.

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