No me quieras tanto…

Por Isbel Díaz Torres

No todas las personas que, de un modo u otro, se involucran en los ámbitos ambientalistas son, esencialmente, ambientalistas. De hecho, ese sector de personas autodenominadas “amantes de la naturaleza”, en muchas ocasiones son verdaderas depredadoras.

Es triste reconocerlo, pero es así. No todas las colecciones de plantas que muchos tienen en sus casas muestran respeto por nuestra flora, dado que en buena parte fueron extraídas sin el más mínimo pudor de sus ambientes originales.

Esa realidad la experimenté desde mis inicios como estudiante de biología, 20 años atrás. Era en extremo tentador sustraer “muestras” de plantas al realizar expediciones a sitios que ostentaban algún nivel de protección por su diversidad biológica. No obstante, me controlaba, y rara vez lo hice.

En algún momento tuve en casa cinco o seis plantas de orquídeas, lo confieso, pero me aliviaba el hecho de que no fueran especies en peligro, y siempre solo un ejemplar, para asegurar que el equilibrio de la población no se afectaría.

Pero mientras mi ética se debatía en esas ínfimas extracciones, pude conocer personas que se dedicaban a hacer eso mismo, pero a gran escala. Se trataba de “coleccionistas de orquídeas”, que presentaban sus especímenes en grandes eventos nacionales e internacionales.

Para los estudiosos de las orquídeas, como yo, representaba una oportunidad increíble poder acceder y ver ejemplares bien raros de la flora cubana, ciertamente. Lo triste era el precio a pagar por ello: admitir que ese mismo coleccionista había extraído decenas de esas plantas para comercializarlas ilegalmente.

Hacía mucho tiempo que estaba alejado de esa realidad, pero recientemente he estado visitando viveros (privados y estatales), y he vuelto a corroborar que la práctica depredadora continúa.

Uno de estos comerciantes de plantas me confesó hace poco: “Ya casi no quedan ceibones”, y se extiendió en detalles: “yo voy a buscar seibones a La Palma y San Andrés en Pinar del Río, pero últimamente es casi imposible encontrar.Uno sube a los mogotes, y parece que le dieron candela a eso allá arriba”.

Según el coleccionista-comerciante, la gente usó mucho los ceibones (Bombacopsis cubensis) para hacer soga, debido a las fibras resistentes que tiene debajo de la corteza. De manera que una práctica depredadora casi invisibilizada, ha estado afectando una especie endémica cubana.

Otros, como él, utilizan los seibones para hacer bonsais, que vende a altísimos precios. Gracias a la conversación pude saber que ya tampoco es fácil encontrar la palma barrigona, y mucho menos la palma corcho, aunque esta última hace décadas que está en peligro de extinción.

Comprar posturas de plantas hoy en La Habana, se ha convertido en una actividad exclusiva para personas con muchos recursos. Una simple y pequeña postura de mango puede costar 50 pesos, una anacagüita 80 pesos, y una ceiba o una palma real alrededor de 200 pesos, si tienes suerte de encontrarla.

Recuerdo el tiempo que, como parte de El Guardabosques, sembrábamos nuestras propias posturas de ceiba a partir de las semillas, y muchas veces las entregábamos a personas sin cobrarles ni un centavo, en nuestro afán por reforestar esta ciudad cada día más calurosa.

No pensaba, en aquellos tiempos, que siempre existirían personas “amantes de la naturaleza” dispuestas a depredarla y venderla al mejor postor. Esos sí que la quieren…

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