El reguetón es más que contaminación sonora


Por Dmitri Prieto Samsónov

Corre por Cuba la opinión de que el reguetón es contaminación sonora. Y probablemente no deja de ser cierta: no tanto lo es por las cualidades propias de esa sonoridad, como por los hábitos ambientales de quienes la escuchan: gente que ponen a todo meter sus bocinas, bafles y celulares en cualquier espacio público o [semi]privado, ya sea playa, guagua, vecindario, parque, auto o bicitaxi, de modo que el reguetón se ha vuelto tan ubicuo en “nuestros campos y ciudades” que nadie puede contra él.

Incluso, he creído que se puede dar el caso absurdo, de que, por ejemplo, en un taxi ni al chofer ni a sus 4 ó 5 pasajera/os les guste el reguetón, pero se pone en el audio del carro, y nadie protesta, porque ha llegado a ser “la norma”.

La palabra “normal” no está en la Biblia; porque algo sea considerado “normal”, no se aplacarán nuestras voces inconformes; lo habitual no es sinónimo de bueno, y ni siquiera de aceptable.

El reguerón no es normal, como no es tampoco la contaminación del ambiente; pero si lo fuese, poca importancia nos hace: lo rechazaré y lo rechazaremos por igual.

Y no es por una cuestión musical. En principio, nada impide que el marco rítmico del reguetón se use para otro tipo de lírica. Es una sonoridad pegajosa, que aspira a ser música, y quienes lo cultivan, a llamarse “artistas”.

Pero, ¿qué es lo que nos dicen?

Para quienes defendemos lo poco que queda de la naturaleza en el planeta este que vivimos, es esencial darnos cuenta de que nadie suelta lo suyo si no tiene claridad de que su vida y hasta sus intereses son parte de algo más grande: ya sea el andar por estas tierras de una familia, el decursar de las tradiciones culturales del mundo, o las condiciones de posibilidad que hacen (aún) vivible nuestro entorno para la especie Homo sapiens y el resto de las que conviven acá.

El ecologismo es casi sinónimo de compartir: compartir preocupaciones, ideas, acciones, cuidados, búsquedas, bellezas; compartir verde, azul, contornos finos, formas fortuitas inolvidables, árboles, nubes blancas, la atmósfera, el agua, el substrato vital que pisamos: nuestro planeta. Aprenderlo a hacer prepara para el mañana – si es que lo hay.

El reguetón, sin embargo, enseña todo lo contrario: a ser egoísta. Dile al noviecito tuyo que él es una porquería. Yo no tengo perro ni gato. Soy tu asesino. Difícil encontrar algo distinto en todo ese mundo. Las excepciones rarísimas probablemente confirmarían la regla, o (en el peor de los casos) sólo son ardides para esconder lo real.

Absolutamente cierto: el reguetón es un dispositivo ideológico. Eso de ideológico no tiene que ver con reuniones del Partido o de la Juventud, necesariamente. Ideológico tiene que ver con ideas. El reguetón siembra ideas. Ya sabemos cuáles. No hay posibilidad de cambio por el momento. Es la realidad… Entonces, sembremos árboles.

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