Escuela, socialización y medioambiente: una tríada imprescindible y descuidada


Arliz Plasencia Fernández

En más de una ocasión escuché a un colega de trabajo relatar una anécdota que vivió en la antigua URSS cuando allí estudiaba. Iba en el metro y cerca de él un padre desenvolvió y dio a su hijo un caramelo, tras lo cual guardo la envoltura de papel en el bolsillo del niño.

Invariablemente, ante la indolencia de muchos que día a día contribuyen a engrosar el basurero en el que se está convirtiendo nuestra urbe, saltaba a su mente y a sus palabras esta imagen vivida muchos años atrás.

Tal como mi colega no olvidó aquel cotidiano y quizás mecánico acto, de seguro aquel infante hizo suya como práctica habitual esta especie de ritual al que acudimos quienes respetamos el entorno y no tenemos a mano un lugar donde arrojar los desechos.

Estas breves líneas no versarán sobre la basura en las calles, tema ya debatido hasta el cansancio en diversos medios, mas sin visibles soluciones. Me quiero referir, sin embargo, a lo sencillo que puede ser inculcar valores en pos del respeto al entorno en la infancia y cómo día a día es desperdiciada esta valiosa oportunidad.

Igual que aquel señor del metro de marras, practicamos con nuestra pequeña hija de 5 años el hábito de no arrojar basura en ningún lugar que no sea un cesto o nuestro bolso. Nos hace feliz descubrir cómo ella tampoco es capaz de tan atroz y desdichadamente normalizado acto. Incluso protesta malhumorada cuando choca con alguno de los gigantescos basureros que pululan a nuestro alrededor.

Me temo que la escuela no aprovecha del todo esta posibilidad de incorporar en los infantes, sin necesidad de aburridos discursos ni reprimendas insustanciales, valores de los que dependerá en buena medida nuestro futuro; no el “futuro político” sino algo más serio y profundo: nuestro futuro en tanto seres humanos, así como la calidad y salud del mismo.

Partamos del hecho de que la cultura escolar –entendida como los valores, normas, creencias, prácticas, rituales y tradiciones transmitidos histórica y continuadamente en la institución escolar–, no aborda en la actualidad, de manera nítida y trascendente, un modo adecuado de relacionamiento con la naturaleza, con el espacio construido y con el propio ser humano en tanto parte y artífice del medio circundante.

Algunas de las asignaturas curriculares podrían ser abordadas desde el entorno vivencial del estudiante. De este modo se establecerían vínculos más estrechos no solo entre el alumno y su entorno, en cuanto a amor, valoración y mayores conocimientos del mismo; sino que aquellas materias que se sustenten sobre la base del mundo vivencial tendrán a futuro una mayor y mejor captación, aprovechamiento y enraizamiento de los saberes.

Penosamente, la escuela transmite las materias, los conocimientos curriculares, pero muchas veces sin el establecimiento de los vínculos pertinentes entre lo enseñado y la realidad individual y contextual del educando. Transmite conocimiento, pero no socializa.

Muchas veces se habla de medioambiente, se critican las prácticas depredatorias, se ofrecen incluso soluciones viables; pero muy pocas veces se establecen los nexos entre esas prácticas y soluciones y las interrelaciones de los sujetos entre sí y con determinados procesos.

En otras palabras, se pierden de vista los procesos de socialización que en buena medida dan vida y sustentan estas prácticas.

Muchas de las escuelas que conozco enfatizan desde las Vías No Formales –espacio de preparación de niños de tres y cuatro años que no asisten a los círculos infantiles para su entrada al preescolar– aspectos tales como los CDR, las muertes del Che y Camilo, el desembarco del Granma, etc.

Estas y otras efemérides políticas forman parte de la cultura escolar y del currículo cubano. Muestra fehaciente de esta realidad es el poema memorizado por los estudiantes de preescolar para ser presentado en el matutino escolar en la jornada Camilo-Che.

Estos pequeños tuvieron que memorizar durante el curso poemas referentes a plantas, animales, personas, entre otros. El medioambiente no fue obviado, pero tampoco tratado en su dimensión relacional.

La escuela no celebró el 5 de junio, Día Mundial del Medio Ambiente, ni siquiera con una alusión a la fecha, festividad esta que sin dudas serviría de conexión perfecta entre los infantes y la temática medioambiental.

Si bien es importante conocer nuestras raíces históricas, creo desacertado que la guerra y la muerte formen parte de los contenidos que se imparten a los niños desde edades tan tempranas, y que no se haga igual énfasis en una temática esencial y bella, como es la del medioambiente.

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