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Epifanía e insurrección (I)

Meditación ambientalista en la playa La Concha de Marianao

Marcelo “Liberato” Salinas

Para Juanma Agulles, para no perder otra vez el mar.

Amanecer en la playa La Concha, litoral del antiguo municipio Marianao, en el oeste de La Habana, es una de los momentos de epifanía con los que todavía puedo deleitarme, en los que puedo sentir el ritmo de mi minúscula existencia en su trance de precaria purificación y reinicio.

Amo el amanecer en la playa La Concha, como amanecer en un monte o en un desierto, porque me permite sentir fugazmente el devenir de la totalidad inmensa que nos circunda poderosa.

Esa playa en amanecer me incita a imaginar con honda superficialidad cómo era este mundo antes de que fuéramos la plaga devastadora en que nos hemos convertido los humanos en estos dos últimos siglos de existencia.

Allí, a ese placer de unirme con la renovación diaria del ser universal, se le suma la no menos deleitante sensación de advertir la precaria arrogancia de todas las obras humanas que han intentado delimitar, privatizar, controlar, lucrar con el acceso a esa experiencia.

Un territorio de vigorosas ruinas, desolación maciza, expuesta a los elementos –naturales y sociales–, es el otro paisaje que nos ofrece la frontera de arena de la playa.

Playa Concha Habana 1aAntiguos clubes náuticos de burgueses y candidatos a serlo, con gustos tan exquisitos como excluyentes, vegetan hoy allí al borde de la inutilidad.

Son administrados por la Empresa Provincial de Círculos Sociales Obreros, que gestiona con ingenio a prueba de resistencia las ruinas de estas instituciones burguesas de ayer para las burocracias sindicales de hoy.

En ello ha derivado más de medio siglo después la “nacionalización” (estatización) de estos establecimientos que el nuevo Estado de 1959 llevó a cabo tras el colapso del régimen de Batista.

Un tema recurrente en las rememoraciones de juventud de mi padre es su experiencia de joven de familia precarizada del Marianao de los pobres, pudiendo acceder a los flamantes espacios del círculo social obrero del Náutico, que fue adjudicado al sindicato de la Aviación Civil.

Sus taquillas de cedro, sus esplendidas llaves, sus duchas de acero impecables, sus canchas de frontenis, todas intactas.

Todo aquel mundo material se quedó indeleble en la memoria de mi padre y para él ese fue uno de los momentos más concluyentes que le permiten decir que vivió una revolución y no un simple cambio de régimen, como podemos pensar mis amigos y yo tranquilamente ahora.

(continúa…)

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