A propósito de un post de Guardabosques

El último día de enero, nuestro boletín reprodujo una nota de Yinet Jiménez Hernández (publicada por el periódico Vanguardia, Santa Clara) intitulada así mismo, acerca del escándalo individual y colectivo que consiste en ver crecer la mierda conjuntamente con la preocupación ciudadana en los predios citadinos que nos amenazan y que ya hasta  matan.

Sensata la propuesta que hace la periodista de higienizar su ciudad partiendo de la toma de conciencia de esa masa informe que es la población ignorante (lo parece, a pesar de tanto estudio regalado y bombardeo propagandístico) del daño que ocasiona con tan egoísta/cómodo modo de actuar.

Y que las soluciones –que se esperan por parte de quienes coexisten encantados con la podredumbre sin perturbarse ni activar resortes de sanciones para inspectores, pobladores y/o trabajadores estatales indiferentes o vagos–, puedan también correlacionarse con ciertos sectores (¿Comunales, por ende Asamblea Provincial, por ende PCC?) febriles y entusiastas en cambio que, según el artículo, no se vuelvan agua y pan de jabón y espuma cegadora/cagadora por añadidura.

El área hospitalaria, zona históricamente sensible de albergar focos infecciosos –obsecuencia neta de infinitas escaseces–, aparece como la más sonada/perturbadora. Y eso es absolutamente cierto.

Pero yo les propongo observen esta foto de la esquina en donde está enclavado ese mismo periódico avant-garde (pas la lettre) que alberga la protesta. La tomé hace muy poco, porque está en el tránsito obligado de todo visitante camino al centro.

Los vecinos (y los trabajadores del mismo, que los he visto tirar cartones y vasos plásticos de las pizzerías de a pie colindantes en donde suelen merendar) aportan lo suyo a la repintada acera sin contemplaciones. ¿Que se roban los tanques? ¿Que nadie hace nada? ¿Es algo  uevo?

A media cuadra del Parque Vidal, el más vigilado de la república villaclareña, suceden estas pequeñeces “delatables”, clasificación según dicta el código impuesto por el sistema de prevención revolucionaria.

O no hacen nada en verdad por evitarlo “los conscientes que debemos de aplaudir” (solo por cumplir bien la tarea que devengan), y si lo hacen no ostenta loables resultados.

Con activar lo que en el claustro militar –al que travisten y marchan al menos par de veces por año obligadamente– se conoce como “guardia vieja”, darían magnífico ejemplo de combatividad y presteza limpísima.

Yinet, que concluye diciendo que hay que “pujar un cambio” (¿parirlo acaso?), bien podría relatarnos después sobre esta experiencia suya y las implicaciones políticas que sin falta adjuntarán. Porque insinúa que algo anda mal en lo maquinaria que la contrata, pero no menciona su propio entorno.

Como insertarle a nueva nota otras propuestas no-modélicas, sino humanas y razonadas, las que no eximan ni a vecinos ni a denunciantes ni a autoridades abyectas que deban tornarse en conjuntoun tin más pedestres, menos automovilizadas. Porque todos, sin excepción, incluso ella que nada arroja pero sobre esos escombros circula, somos culpables.

Empecemos, entonces, por ahí.

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