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Cataclismos revisitados y olvidables

Pedro Manuel González Reinoso

El pasado martes 10, Día Mundial de los Derechos Humanos, en la sala concebida para 40 personas en el lugar conocido como ARTeHOTEL –hostal privado sin cobertura informativa ni programación dentro del marco del Festival del Nuevo Cine Latinoamericano – cedido por Héctor Garrido, fotógrafo español y esposo de la famosa actriz cubana Laura de la Uz, se estrenó el documental “Vivir entre ciclones” del realizador británico Michael Chanan.

Los anfitriones, exquisitamente amables dada la renta y promoción del lugar, aceptaron la propuesta de inclusión gracias a la filiación artística que representan y a la que tributan con obras.

La cinta, coproducida con el ICAIC y la Fundación del geógrafo ANJ, resultó soslayada al no programarse en sala del circuito oficial, presuntamente por su escasa impronta para una nación como la nuestra que ha sufrido embates de todo tipo, especialmente históricos, pues versa sobre ciertos eventos meteorológicos que han tenido lugar en la importante región centronorte de la isla desde tiempo inmemorial, razón de ubicarse la protagónica urbe de Caibarién equidistante de ambos extremos del archipiélago.

Cual meridiano eje geográfico, la zona resulta hasta la fecha convergencia de corrientes migratorias desde y hacia cualquier destino terráqueo, incidentemente a los Estados Unidos, pues ello se traduce en suerte de ventaja para locales pobres, quienes la aprovechan con respecto a quienes habitan otros ámbitos geopolíticos alejados, que al cabo (o la punta) han incidido en la escisión nacional.

La ex ciudad (y ex puerto) exhibe un promedio de exiliados por habitante que la ubica entre las poblaciones incómodas más representadas allende la mar. Pero es hoy, a la par, enclave del gueto turístico favorito, donde vacacionan personalidades foráneas invitadas junto a la estresada mandancia del país.

Esa nimia peculiaridad quizá explique por qué no convenga demostrar qué ha sucedido con la infraestructura constructivista de alocadas empresas militares, copropietarias de la hotelería, ni cómo ha incidido el abandono de normas conductuales en los ecosistemas protegidos del cayerío.

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Porque la Bahía de Buenavista, enclave afectado, es reserva mundial de la biosfera y aliviadero de estos puertos desbocados.

En el trabajo de averiguación antropológico que va más allá de perspectivas y testimonios de académicos e involucrados en el análisis que eximió asuntos políticos, se comparten por igual experiencias individuales en torno a tan macabra reincidencia climatológica.

Desde el huracán de 1949 (innombrado), hasta el Irma recién pasado (2017), la ciudad y sus alrededores padecieron devastaciones análogas al Kate (1986), que asoló toda la región norte del archipiélago y penetró en zonas bajas produciendo cuantiosos daños materiales y humanos.

Argumentos tan acuciantes como la deforestación centenaria sufrida en las cercanías, la contaminación por causas derivadas de la industrialización azucarera e irresponsabilidad jurisdiccional de las autoridades gubernamentales, todas imputables al manejo de la burocracia administrativa a lo largo de años en desidia más la lógica pérdida de los otrora niveles de estabilidad productiva adjuntos al deseable progreso, arrastraron a los que visualizaron la cinta a la conmoción y solidaridad más cerradas ante estos desastres que no parecen tener fin.

Entre personalidades asistentes, el Exmo. Embajador del Reino Unido Antony Stokes, brindó su apoyo y simpatía ante el proyecto terminado, así como opinión colaborativa para nuevos intentos bipartitos.

El material refleja la visión académica sobre las fluctuaciones en los mercados mundiales de productos cuasi extintos en volumen ya como tabaco, café y azúcar, antaño primigenios, cuyos cultivos influyeron no solo en la desforestación sino en el agotamiento perceptible de los suelos.

El actual impacto del turismo en plena evidencia del cambio climático, así como algunos pasos hacia la recuperación del extraviado ecoturismo o la agricultura sostenible son abordados en el documental de forma esperanzadora.

Hay en la cinta, no obstante, un momento paradojal cumbre: la intervención de Fidel Castro en la Cumbre Mundial de Río (1992), donde inculpa exclusivamente al capitalismo desarrollista por la imparable e irreversible destrucción del planeta.

Como si el socialismo (y pensemos en la China, mayor contaminador mundial) no tuviera algo que ver con el millonario Partido Comunista al frente del interés público, y en Cuba que, sin ricos reconocidos, se prefiera mirar hacia otro lado cuando intereses estratégicos se antepongan.

Es también singular que el documentalista haya elegido cita textual de Díaz Canel vertida durante el pasado VIII Encuentro de Naciones del Caribe, para dar título al caos que a todos concierne y a pocos en verdad importa.

En otra reunión mundial donde, como en la anterior, la ilustre dirigencia insular intentó zafar responsabilidad en cuanto a barrabasadas y sin nada explicar, resta la amarga historia de vertimientos de residuales y los programas incumplidos con organismos de la ONU que apoyan, financian e incansablemente asesoran sobre preservación de la diversidad biológica y demás convenciones firmadas.

No se precisa ser de uno u otro signo ideológico para asumir los desastres ocasionados. Si la naturaleza ha tornado en desventaja su otrora benevolencia para con el clima mundial, nadie reniegue que es consecuencia absoluta del hombre.

Pero no solo de aquél que rige un sistema egoísta distinto al que desconoce modos mejores de preservar a sus pueblos y coexistir en paz con la naturaleza, sino también de aquellos que se erigen en hipócritas paladines a contracorriente, cuales fervientes combatientes frente a molinos de viento.

Versión completa del artículo publicado en ADN Cuba

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