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Apuntes sobre un basurero

Pedro Luis Ferrer Montes

Acaban de recoger -una vez más- el basurero de calle 36 y 21, en Playa, La Habana, Cuba. Me habría gustado decir «el de mi esquina»; pero -en honor a la verdad- hace tiempo fui fumigado por el lento proceso de enajenación que se produce siempre que nos despojan de algo que creíamos legítimamente nuestro, o cuando nos imposibilitan incidir en su dramático destino. Tampoco sería justo decir «mi basurero», pues se trata de algo que opera como algo ajeno, realizado en contra de mi voluntad y bienestar ciudadanos. Como justamente dice una de mis canciones: «Ese dolor no es mío/ aunque lo esté sintiendo en carne propia».

Acaban de recogerlo, sí, según consta en las dos nuevas fotos que me envió hoy mi hija Lian, donde podemos ver la huella desolada que ha ido dejando la cíclica “limpieza” de estos descomunales cayos de roña pestilente, cuya lámina resulta ya endémica. Las palas motorizadas que, junto a las brozas, arrancan la acera y la vegetación viva; y agrietan de muerte el viejo muro de la casa, ya a punto de caer por tanto empuje indolente de las palas, sostenido sólo por el milagroso aguante de la cerca pirle incrustada en su cemento.

No recuerdo las veces que en estos quince o veinte años hemos visto desfilar las flotas de camiones y palas mecanizadas, intentando un paliativo superficial para estos focos residuales de insalubridad pública y privada. Me pregunto si un país pobre como Cuba puede darse el lujo detestable de financiar durante décadas la ristra de recursos que demanda semejante desmadre, tan frecuente en una infinidad de esquinas de la Capital. ¿? Supongo que habría sido beneficioso apelar al recuso espiritual del orden cívico, a la cultura de la higiene social que enseña cómo metabolizar con el peligroso asunto de los residuos. Desanima ver tantas campañas por cosas prescindibles y la minimización y olvido de este asunto estratégico para la saludad física y mental de todos.

plf 2.jpgNi la más mínima medida administrativa que impida a los transeúntes incurrir en tan grave accionar (no parece concebirse como algo grave); ni un sólo inspector que imponga el orden cívico de la convivencia saludable. Resulta atinado señalar que con lo que se gasta sistemáticamente en evacuar semejante anarquía de desechos, sobraría dinero para costear el salario de una multitud de inspectores con sus talonarios y uniformes… empleo para mucha gente ociosa y necesitada, reunida en una tarea útil y reeducadora. El tratamiento de la basura es un asunto prioritario para la salubridad de cualquier país.

Recuerdo la primera ocasión en que – bajo un arranque de optimismo- decidí quejarme formalmente ante una institución municipal (guardo las cartas). Así logré que una funcionaria del municipio de Playa visitara el basurero de 36 y 21. Cuando le pregunté por qué no ponían inspectores en estos focos neurálgicos, me dio una respuesta que me dejó atónito:

A los inspectores no les interesa controlar los basureros –expresó convencida- porque con ello no se echan nada en el bolsillo; prefieren supervisar los Paladares donde pueden luchar lo suyo (léase «extorsionar»).

Además de la referida funcionaria, desfilaron por mi portal varios directivos con aspecto de preocupación infinita. Finalmente, después de mucho venir y amagar, decidieron implementar un ingenuo e insulso plan para evitar que la gente siguiera echando su bazofia en el sumidero, a saber: en el sitio donde debía restaurarse la acera (arrancada por el esporádico e indiscriminado desfile de palas motorizadas), vertieron decenas de sacos de tierra colorada y luego le sembraron unas anémicas plantitas de Marpacífico. ¿Imaginan que en cada bache de la avenida plantáramos un arbusto? Además, guiados por un insólito e infantil esbozo arquitectónico que pretendía suplir la acera, colocaron aleatoriamente, sin cementar, unas pequeñas lozas hexagonales de granito rústico, que en pocas horas fueron a parar gratuitamente a las casas de los transeúntes: el repentino trasiego recordaba una pequeña feria popular donde cada quien cargaba con su par de lozas. Para llegar a ellas, la gente arrancaba de cuajo y lanzaba a la orilla del muro las diminutas plantas. Sólo sobrevivió la arcilla.

En el primer aguacero contundente, de esos que convierten esas calles del barrio La Sierra en verdaderos afluentes, la tierra colorada fue arrastrada por la corriente, tiñendo las vías asfaltadas de un aspecto campestre de terraplén rojizo. Las ruedas de los autos se encargaron de diseminar el fango carmesí hasta los límites del túnel de la avenida 31, a unos cuantos kilómetros.

EL DEFECADOR Y EL CHACHACHÁ

Una mañana, mientras me disponía a tomar un delicioso cafecito con mi hija Lian, desde su terraza ubicada en el primer piso, descubrimos a un hombrecito que pujaba agachado a un costado del contundente basurero, escondido entre el abandono de unas ramas secas. No podíamos creer que aquel personaje de atreviera a defecar impunemente casi al frente de nuestra casa. Cuando su mirada tropezó con la nuestra indagadora, nos hizo un gesto como si nos dijera: «Perdón, no tuve otra opción».

Luego los animales callejeros y el cauce de la lluvia se encargarían de diseminar el regalo del forastero a lo largo de la calle, para desgracia de los colegiales y sus padres que, sin querer, atollaban los tacones y suelas de sus zapatos. Estuvimos un rato bajo una rara crisis de risa nerviosa y dramática, humor grotesco, mientras observábamos cómo una fila de transeúntes frotaba los pies contra el asfalto… como si todos intentaran bailar un contrariado Chachachá.

CONCIERTO Y NEGOCIACIÓN.

Una vez el basurero alcanzó tal dimensión que me sentí impulsado a organizar un concierto sobre aquella montaña. Fue una reacción instintiva. Convidé a unos colegas pintores, escultores, diseñadores… a que vinieran a realizar una acción hermosa con aquel desmadre y lo convirtieran en un escenario para un concierto de protesta contra la indiferencia de las autoridades ante tanta inmundicia. Todos se dispusieron a colaborar. Hice muchas llamadas telefónicas y convidé a un centenar de vecinos. La verdad es que la gente se mostró muy entusiasmada con la idea de combatir artísticamente. El proyecto –como era de esperar- no demoró en llegar a oídos de las autoridades municipales y cundió el pánico. El mismo día del concierto, en horas de la tarde (el evento sería en la noche) recibí consecutivamente la visita de varias instancias políticas y administrativas del municipio. Sin dudas, algunos funcionarios que se presentaron en mi casa para atajar lo que parecía ser un acto de protesta, venían con un decidido aire negociador, aunque dejando bien claro que bajo ningún concepto permitirían el evento; y que el insistir yo en fraguarlo sin permiso, era un acto ilegal que me traería muy malas consecuencias. Una amenaza-amenaza, matizada contrastantemente con el convite a negociar.

-¿Qué quieres -me preguntó uno de los funcionarios que si mal no recuerdo era miembro del Entero Único-; qué prefieres, hacer el concierto o resolver el basurero? Te prometo que si desistes del concierto, en menos de veinticuatro horas recogeremos el basurero.

-Todo parece indicar –le dije al señor compañero- que a ustedes les molesta más el arte que la basura. ¿Que lancen un animal muerto en la esquina es menos ofensivo que una canción y un poema? Porque hasta ahora nadie se ha alarmado con el corral eterno. He tenido que amagar con un concierto para que reaccionen. Si rompen mi muro o vierten una lata de excremento, ninguna autoridad se asoma. Pero si pusieran un letrero con “abajo Fidel”, entonces sí aparecerían hasta los bomberos…

La verdad es que, mientras debatíamos el mugre-asunto, visualizaba crudamente el conflicto potencial. Dada la preocupación que había suscitado en la regencia municipal, supuse que el concierto-protesta me traería una nueva experiencia bastante complicada y forzosa; me visualicé bajo el desmedido estilo que en Cuba suelen aplicar a la disidencia. Por entonces, a dos cuadras de mi casa vivía un opositor a quien por su condición de rival frontal le dispensaban unos “mítines de repudio” que para qué contar. La escena colectiva más trasgresora y abusiva que jamás pude imaginar en nombre de la Revolución. Deduzco que así es como este tipo de evento-desprecio se propone operar en el plano abrumador, al mostrarnos crudamente el rigor degradante que nos espera si traspasamos los límites permitidos por el tutelaje monolítico. Sin dudas, sentí pesar al concebirme en un terreno de confrontación radical como ese, para el que no me consideraba preparado ni convencido. ¿Miedo? Bueno, he sentido miedo muchas veces, suelo convivir con el temor, pero soy capaz de actuar bajo el efecto del miedo cuando tengo una profunda convicción para hacer lo que debo. Y mi convicción en ese momento no iba más allá de crear una alarma, implementar un moderado grito de protesta que diera al traste con el desmonte del basurero atroz: sépase que en la sala de casa no podíamos ni respirar cuando el viento irrumpía con el hedor. Pero, francamente, en el país ocurrían muchas otras cosas peores que el basurero de la esquina, cosas que sí me entristecían profundamente, cosas que había decidido combatir sin acudir al duelo radical que seguramente me haría víctima de una respuesta desmedida y exaltada por parte de la autoridad oficial desbocada, lo cual también afectaría directamente a mi familia. Eso, sin descartar que nunca he sido propenso a la filosofía del martirologio.

Así fue que decidí tomar la puerta menos traumática: la negociación. Acepté la promesa de que en menos de veinticuatro horas comenzarían a desmotar aquel vertedero descomunal, cuyas dimensiones jamás habían alcanzado tamaña exageración. Sépase que entonces la buzonera endémica llegaba a ocupar casi un tercio de la cuadra y la mitad de la calle 21, obstruyendo el tráfico.

-Si usted falta a su palabra –le insistí concluyendo el pacto- no se tome el trabajo de venir a verme otra vez porque no lo recibiré; y tenga la seguridad de que entonces sí haré el concierto cuésteme lo que me cueste. En ese caso, ustedes hagan lo que tengan que hacer, que yo haré lo mío-. Arribado así final y anticipadamente al callejón de una sola salida, a ese punto ético de la decisión irracional e irreversible, confiaba en que Dios me ayudaría.

Esa noche se hizo notoria la cantidad de colegas que desfiló por esa esquina, sorprendidos y algo frustrados por mi súbita decisión de detener el concierto. Vino un tropel de todas partes…. Algunos, los más cercanos, me tocaron a la puerta para ponerse al tanto y escuchar mis razones. Varios me reprocharon el frenazo. Supongo que también hubo algún que otro guardián curioso. Pero lo cierto es que antes del amanecer había una flota de camiones que abarcaba la cuadra de 21 hasta la avenida 42. En unas horas desmontaron aquella indescriptible inmundicia. Una victoria pírrica frente al basurero endémico de 36 y 21.

Acaban de recogerlo hoy, 26 de septiembre de 2019, pero muy pronto regresará.

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