Incapacidades humanas


Regina Cano Orúe

Durante toda la noche se escuchó al gatico maullar desesperadamente recorriendo un largo espacio, para aquí y para allá en busca de su madre, y sus gritos denunciaban el hambre y la falta de calor.

En varias ocasiones descendí del cuarto y me asomé a la puerta, queriendo adivinar entre la oscuridad por dónde se movía, hasta que me percaté se encontraba en el patio de tierra de mis vecinos, donde una gata que allí cobijan había parido cerca de cuatro gaticos.

Al no poder llegar al pequeño, tuve que esperar a que amaneciera. Habito en un lugar casi rural donde la noche pertenece a los grillos, los gatos y los perros, mientras la mayoría de los humanos descartamos asomarnos fuera de casa. En este caso, además, tampoco podía invadir el espacio ajeno.

En mi barrio los maullidos, ladridos, berridos y muchos otros sonidos hechos por animales pueden tener causas diversas, entre las que se incluyen el abandono o el sacrificio. El pedido de auxilio de esta cría se me metió en el cuerpo.

A la mañana, después de asomarme reiteradamente, mis vecinos al parecer lo depositaron delante de mi portal, pues saben que atiendo a los animalitos que puedo.

gato-4Al salir a socorrerlo me encontré que el gatico tenía los ojos llenos de piedras y tierra. Corrí a lavarle con agua hervida, y entre remojar y retirar cuidadosamente descubrí que se le habían adherido por la secreción de sus ojos a causa de una enfermedad común en las crías.

Proporcionándole unas cinco tomas al día de una leche donada por unos amigos, dándole calor, limpiándole e hirviendo los paños de mucho orine y una que otra deposición algo más sólida, sobrevivió casi una semana.

gato-2El animalito tenía sonidos pulmonares, sus ojos seguían muy afectados, oscuros, y con granulaciones ligeras. Esperaba llevarlo al veterinario, pero también albergaba la esperanza de que su madre se personara.

En casa de mis vecinos este fue el último maullido de bebés gatos que se sintió. Según mi cálculo allí habrían más de dos animalitos, por lo que fui a revisar las esquinas y basureros cercanos, pero no los hallé.

La gata que convive conmigo proviene de la misma casa. A ella y a sus hermanos los recogí en el tacho de basura de la esquina, donde fueron botados hace ocho años.

gato-3Mis vecinos no escandalizan, mantienen relaciones cordiales con la mayoría de los habitantes del lugar, trabajan, estudian, mantienen una vida organizada; es decir, para la conducta habitual en La Habana, se diría que son un amor de personas.

Ahora, sus animales, perros y gatos, son harina de otro costal. Cuando el animal no les complace o no les es útil, no dudan en prescindir de ellos, como si habitaran la Tierra solo por parársele encima.

Mis vecinos cobijan aún a una gatica joven y fértil, no puedo asegurar qué número de parto fue este, pero sin necesidad de echar cuentas deben quedarle muchos, que podrían tener el mismo fin. En lo que a mí respecta trataré de seguir aconsejándoles, una y otra vez, para que la esterilicen.

Esa familia tiene ahora la suerte de haber aumentado su número por el nacimiento de un bebe, y nadie, pero nadie –ni animal, ni humano- pretendería arrojarla en uno de los tachos de basura, en las esquinas del barrio.

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