La ciudad más limpia de Cuba (+fotos)


Pedro Manuel González Reinoso

Santiago de Cuba esplende. No hay un papelito suelto en sus calles. Algo extraordinario ha acontecido en estos últimos años que no la visitamos.

Da gusto presentarse y comprobar que ya tienen agua, abundante, hasta en públicas fontanas que oxidaban sed de ser, donde abrevó la carga añosa su ardiente población, también (o tan-mal) empobrecida y espantada: sin refugio fresco a mano.

Barren todo el tiempo y recogen el detritus ambiental los obreros comunales, igual a los de ciudades distantes, envidiadas, como si estuviésemos de improviso aterrizando en la primerísima Europa.

Es un milagro que pudieron conseguir entre todos, incluyendo a “los (f)actores” (que no deseo asocien a “tracatanes”) citables y acuciosos.

El éxito no fue exclusividad del síndrome a(b)rasador de #LázaroExpósito –a quien pidieron los cubanos, encabronados con la “actualizada” pereza del gobierno destalonado que nos descalza, clonar alguna vez–, porque sin recursos gubernamentales ni apoyos estratégicos para hacer desistir la emigración hacia el imantado eje capitalino, poco habría podido conseguir el secretario general.

Quizá por eso no lo quieran bien en los altos mandos estatales ni políticos de la isla sucia: les resulta imprescindible dejarlo allí, debajo, donde nadie pueda proseguir su ejemplo.

Muchos santiagueros, exiliados como todos, han retornado a casa, aún a las más miserables, porque si mal les fue en las antípodas donde se explaya con más brío el desprecio nacional, peor fue asistir a la consumación de sus desesperanzas.

La misma razón común que sublevaría a esta 7ma villa contra la injusticia y el odio racial que creíamos muerto desde las colonias, consecuentemente resucitada.

Quisiera que así fueran –un hipotético día–, sino todas, la mayoría de las ciudades de esta nación cutre –a falta de observancias oportunas y políticas ecuánimes–, especialmente La Habana, tan depre hoy, tan sin su añejo esplendor: extraviada la higiene que nos fue habitual hasta en los barrios periféricos, los olorosos solares de ropa abierta, con gente pintada y bullanguera. Los carros y las fondas de comida no podrida.

No solo que alguien trabaje en pos de “aquello” –por encargo de última hora, que viene el jefe, ulalá– en la avenida del Puerto, en Miramar o el llamado “casco (¿y la mala idea?) histórico” que quieren mostrar cuales postalitas, a turistas turulatos, mientras esconden la mugre bajo alfombra.

Celebremos entonces, desde el Guardabosques, que la ciudad primada (y ¿héroe?) haya renacido como la urbe hermosa, habitable, que invita a replantearnos –sin alardes martianos (a falsos puristas, aclaro)–, la perdurable utilidad de la virtud.

Y no haya que asaltar en ella otro cuartel, ni abusar de algún chivo.

Bravo, Santiago.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

This site uses Akismet to reduce spam. Learn how your comment data is processed.