Un ilustrado en los verdores cubanos


Pedro Manuel González Reinoso

Ramón Dionisio de la Sagra y Peris (La Coruña, 8 de abril de 1798 – Neuchâtel, Suiza, 23 de mayo de 1871) fue un sociólogo, economista, botánico, escritor y político español.

En 1823 zarpó de España hacia La Habana como director de su Jardín Botánico y profesor de la cátedra creada por él en 1824. Duró hasta 1832, pero ya en 1829 se decía de ella que había quedado casi desierta.

Anduvo atravesando el continente durante años. Concretamente, viajó por los Estados Unidos de abril a septiembre de 1835, y fruto de ese periplo nació su libro “Cinco meses en los Estados-Unidos de la América del Norte”, lleno de observaciones económicas, sociales y políticas.

Aprovechó también para acumular tomos de folletos e informes científicos publicados allí, que luego depositó en la Biblioteca Nacional.

Tras largos años de ausencia, volvió a La Habana en 1859 al teatro de sus tareas académicas, e intenta apreciar las sensaciones que ese retorno le produce, como si se tratara de un evento que pudiera medirse y reflejarse en un gráfico agrimensor del entorno.

Era ya un anciano, lo reconocía, pero fortalecido y curado de espantos. Arrojado a la vejez, sí, pero también a buen puerto, al país de sus ensayos, al origen de su experiencia.

Constató los cambios producidos en la fisionomía de la ciudad, los nuevos barrios extramuros con sus amplias avenidas que cruzaban la ladera; pero apenas le costó reconocer una “vieja faz” que le trasmitiera sosiego. Sentía, entre pasado y presente, cierto equilibro en el que se solazaba con “fundada alegría”.

Nada de lo que se le ofrecía era lo bastante distinto, ni guardaba proporción alguna con los cambios operados en sus ideas y proposiciones.

Presencia y recuerdo se fundieron. Un cuarto de siglo puede ser un día. Algo entonces vino a enturbiar su dicha. Al atravesar el Campo de Marte hería su vista un “aglomeramiento de almacenes y barracas” que ocupaba el terreno del antiguo Jardín Botánico.

En lugar de “floridos vergeles” y “sendas majestuosas” topó con los residuos de una ciudad que crecía a expensas de ellos. El respiradero de la urbe convertido en excrecencia.

Temió que la destrucción material de aquel paraje se correspondiera con la de su memoria y todo no fuera sino una vana, indemostrable ilusión. Pero siguió adelante. Otros testimonios lo aseveran.

Otros, que entonces eran niños, se sumaron a la lista de denunciantes, al muestrario de impresiones. Sin embargo, a su regreso encontró más amigos que los que dejó al partir.

No cedió un ápice en su lucha, y bramó contra la desidia gubernamental que permitió se albergasen ahí cientos de desamparados. Tanta benevolencia lo colma todo. No experimenta ningún vacío, ninguna ausencia.

No tenía ya que dolerse, como en los años del cólera, de las carretas de muertos. De nuevo la ciudad era “todo circulación” y él tornó a ser el ermitaño del jardín de las plantas. A soñar el verdor extraviado. Lo extraordinario que encontraba en las pequeñas criaturas de la naturaleza.

Nunca mejor parábola para “ayudar” a eternos damnificados insulares en detrimento de la naturaleza.

Nota: El aporte cubano a su obra colosal descansa en el Índice Internacional de Nombres de las Plantas Autóctonas. Para toda la eternidad agroecológica, gracias a su perseverancia.

Un comentario

  • Hermosa su obra y el homenaje a su figura.

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