El valor de la vida


Por Verónica vega

El huracán Irma arrancó de raíz uno de los cocoteros frente a mi edificio. Fue un golpe verlo al día siguiente, abatido sobre la hierba, pero peor fue presenciar ayer que habían talado al que logró sobrevivir.

Dos árboles sembrados por uno de los vecinos fundadores, y habían permanecido hermanados, adornando con su belleza un área llena de bloques en fila, con el diseño feo y opresivo que tanto se le reprocha a la urbanística de Alamar.

Dos árboles que nos regalaban sus frutos, que nos acompañaban con su presencia dulce, inofensiva, que conferían a mi edificio una especial identidad.

Desde el balcón, veía cómo los totíes se refugiaban entre sus hojas; eran un elemento vivo y un alivio en medio del verano extenso e implacable. En las noches de luna, desde la acera resaltaban sus siluetas como la invocación de un país misterioso y lejano.

Yo estaba oyendo música cuando sentí gritos, risas, mis gatos asustados miraban en dirección al balcón. Le pedí a mi esposo que indagara la causa del escándalo.

Una vez que la supe, me demoré en reunir coraje para enfrentar el nuevo paisaje. Para observar a los vecinos en torno a la palmera tendida desmochando sus ramas y arrancando los últimos cocos. Los que viven en la planta baja y por la proximidad con la tierra se sienten dueños de lo que en ella germina. Pero solo para su destrucción.

Vista desde mi balcón de los cocoteros vivos, el árbol del medio, el de hojas amarillas, caía dentro de un jardín y también fue talado.

No saben el valor de la vida.

El primer pensamiento que me impidió abordar a los taladores fue que hace un mes mi gata regresó de la calle con indicios de haber sido brutalmente golpeada. La había visto entrar al jardín de esas mismas personas, que no está cultivado y solo lo usan para tender ropa. Y había visto cómo los dueños del sitio espantaban a otros gatos, con alevosía.

Es la misma gata cuyas fotos usé para ilustrar los artículos: Mientras la crueldad nos escandalice, y Los límites de la protección, como una premonición inconsciente, involuntaria. Todavía hoy arrastra secuelas de la golpiza.

Otra de las razones que me dejaron paralizada, fue recordar que hace unos días intervine cuando dos perros de raza Husky se estaban apareando en la acera de enfrente. El perro ya había eyaculado y quería zafarse, por lo que arrastraba a la perra. Esta daba unos alaridos que se escuchaban desde mi cocina, aunque vivo en el último piso.

Mi repentina presencia, mi angustia e indignación ante el grupo en el que algunos parecían disfrutar el show, fue muy mal recibida. Un muchacho se reía indicando que la causa del dolor de la perra era que el perro “se mandaba”, y hasta indicó con las manos el tamaño del pene.

Agarré la correa y le mostré al dueño del macho que era posible apaciguar al animal para que se estuviese quieto hasta que el semen terminase de drenar sin dañar a la hembra. El hombre me preguntó si yo era veterinaria. Cuando le dije que no, me ripostó en un tono grosero:

-¿Si no eres especialista por qué te metes?

La dueña de la hembra solo repetía:

-Es que ella es primeriza…

Le dije que la separación forzada podía provocarle un desgarramiento. Y el hombre me preguntó con ironía:

-¿Y cómo lo hacen las perros de la calle?

-Las perras de la calle muchas veces terminan con la matriz afuera, ¿o es que no lo ha visto?

Los perros cuyo apareamiento provocó el conflicto.

Terminé gritándoles que no era necesario ser especialista para darse cuenta de que ese animal estaba sufriendo.

Días después me informé con una veterinaria, quien me confirmó que la separación forzada provoca en la hembra un prolapso uterino. Es decir, los ligamentos que sostienen al útero se debilitan y este desciende, quedando afuera. Es una enfermedad muy dolorosa. También me comentó que algunas personas los obligan a soltarse echándoles agua, para terminar con los chillidos.

Así que la escena que tanto me afectó, pudo ser más cruda. Pero ese razonamiento no me apacigua.

Parada en el balcón, pienso que los individuos no deberían enfrentarse unos a otros por acciones que deben estar reguladas por leyes. Que un careo, una disputa o la hostilidad entre vecinos no es la solución a expresiones de indolencia.

Que el derecho a existir y a no ser dañados es un principio que debería enseñarse y enfatizarse en las escuelas de Cuba, desde edades tempranas. Que el hombre solo es hombre, solo es humano, en la medida en que es capaz de respetar la vida.

Que las personas sin esa capacidad de “adaptación” a la barbarie, a la jungla, tenemos que unirnos para lograr cambios visibles, palpables, y sostenidos. Cambios que agradecerán no solo las generaciones por venir, sino incluso los que ahora actúan como nuestros enemigos.

Publicado en: http://www.havanatimes.org/sp/?p=126593

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