La Vida


Por Verónica Vega

Del libro “La Salida Secreta”

Una semilla que yacía en el interior de la tierra, después un largo sueño, sintió un empujón hacia afuera. Trato de mirar, pero estaba muy oscuro.

Pensaba en que tal vez debería dormirse de nuevo, cuando vio una línea roja que cruzó la oscuridad. Ella no lo sabía, pero era una lombriz. Tímidamente decidió preguntarle:

–¿De dónde vienes?

La lombriz se detuvo y la miró con reprobación:

–No es de buena educación preguntar sin antes presentarse, y mucho menos sin saludar.

–¿Saludar…?

–Sí, se dice: “Buenas noches”, (ya que aquí siempre es de noche).

Ella se quedó pensativa y luego se animó a decir:

–Buenas noches. Soy una sem… es decir, solía ser una semilla… Ahora soy esto. –Y es que la cáscara que la envolvía se había roto, convirtiéndola en un brote con solo un pedacito de tallo.

Pero como ya sus sentidos se habían adaptado a la penumbra, se dio cuenta de que alrededor había puntos de luz que se movían, y eran raíces o insectos abriéndose paso también en el interior de la tierra.

Y al moverse cada uno producía una música que iba creciendo, subiendo, en ondas que estremecían el silencio.

Escuchó con toda su atención y sintió que algo también latía, en gratas modulaciones, desde lo más hondo de su ser. Se preguntaba si comentárselo a la nueva conocida cuando ésta interrumpió sus pensamientos:

–Disculpa si fui un poco grosera contigo. Es que todavía estoy tan nerviosa –respiró con agitación y hasta se le escapó un sollozo.

–¿Y por qué estás nerviosa? –se preocupó el brote.

–¡La culpa es de ese pájaro que casi, casi me alcanza con su pico! Ay, no quiero ni acordarme del susto que pasé. Mira, si pienso en eso me pongo transparente.

Por un segundo, de verdad palideció. Luego pareció calmarse y se desplazó alrededor de la planta, inspeccionándola. Ciertamente, aquella textura de un verde claro parecía más suave que la de su propio cuerpo.  Al fin dijo:

–A decir verdad… te veo muy frágil para el mundo de Allá Arriba.

El brote sintió que la emoción lo sacudía, de punta a punta.

– “¡Allá Arriba!” ¿Y cómo es?

–¡Ah…! Hay de todo un poco: mucho verde, lluvia, aire… A veces te mueres de frío, a veces te mata el calor.

–¿Y hay música?

–¿Música? –la lombriz se quedó pensativa– Bueno… he oído cantar a esos pájaros asesinos que persiguen lombrices. No me interesa. Y a veces los hombres cantan mientras trabajan en el campo.

–¿Los hombres? –exclamó la planta conteniendo otro estremecimiento.

–Sí, –suspiró la lombriz–  son curiosos, arrogantes. Todo lo cazan, todo lo examinan, a todo le ponen nombre, pero nada entienden.

–¡Cómo me gustaría verlos! Pero supongo que para eso falta tanto…

–Aquí se está bien. Es agradable. Ni demasiado caliente ni demasiado frío. No hay enemigos. Si quieres, puedes quedarte.

La planta suspiró. Sentía que las pulsaciones secretas hacían círculos y se abrían, y estallaban formando cadenas de olas. Se agitó dulcemente y murmuró:

–Gracias… No sé si pueda, pero lo pensaré.

El tiempo pasaba. La música por momentos se volvía luz, y aparecían lugares desconocidos que pasaban como un vértigo. Sentía el impulso de compartírselo a la lombriz, pero la detenía el pensamiento de que se burlara de ella. No obstante, en un momento se le escapó:

–¡Tengo tantas ganas de salir Allá Arriba…!

La lombriz, que había tenido una mañana difícil en la superficie, exclamó con desdén:

–¡Qué inocente eres! Si supieras todo lo que yo sé… –Tembló y hasta una lágrima diminuta resbaló por su cuerpo– ¡He visto niños pisoteando flores solo por placer! Cazan pájaros, destruyen nidos, torturan a insectos…

El brote hizo una pausa concentrándose en escuchar el susurro de su voz interior. Luego dijo:

–Lo que tú has visto no puede ser todo. Hay mucho más, yo sé…

La lombriz se sacudió como un latigazo:

–¡Mírenla! Todavía no ha nacido y cree saber más que yo. ¡Pobrecita!

Hizo varias eses circundándola y hasta se le escapó una risita cínica:

–¿Sabes? Los hombres, al menos a mí no me molestan. Ayer pusieron uno hecho con paja para que les cuide el campo, ya me percaté de que es falso, pero los pájaros, que son tontos, se han asustado y no han querido volver. ¿Entiendes lo que te digo? A mí me hicieron un bien, pero no por ayudarme sino por ayudarse a ellos mismos, y así es todo Allá Arriba.

–¿Así cómo? –Preguntó la planta a punto de dejarse llevar en una pulsación.

La lombriz palideció como un relámpago:

–¡Todos son egoístas, ¿entiendes?! A nadie le importa nada a lo que no le pueda sacar provecho: los fuertes persiguen a los débiles, los débiles persiguen a los muy débiles, y los muy débiles huyen todo el tiempo aterrados sin que nadie tenga compasión de ellos.

La planta sintió una punzada de dolor.

–¡Pero eso es horrible!

–Claro que es horrible, ¿qué te creías? Es lo que he estado todo este tiempo tratando de decirte:  Allá Arriba no rige la ley del amor.

El brote se replegó con toda su fuerza, sin querer escuchar más. Y aunque la música de la vida volvió a batir, empujándolo, trató de no sentir, de no pensar. Las palabras de la lombriz retumbaban más altas que la música, y trató de olvidar aquello que en forma de una dulce promesa le seguía susurrando… La curiosidad se convirtió en miedo, la ansiedad en cansancio.

Deseó dormir, dormir, volver a la oscuridad de donde había salido y donde no había sentido esta angustia. Cuando los latidos recorrían su interior en convulsas espirales, pensaba en los pájaros feroces, en los hombres crueles, en los niños que disfrutan destruyendo la vida.

¡Ah, si pudiera lograr la inconsciencia, el sueño eterno donde no asechan peligros!

Pero la música no se rendía. Presionaba desde adentro. Temblaba en más y más percusiones y ecos, en más descargas de luz.

Hasta que un tirón pujante la remolcó hacia arriba, con un poder irresistible, y gritó a la lombriz:

–¡Lo siento, no puedo quedarme…! Gracias por tus consejos. Te deseo que seas feliz.

La lombriz, alarmada corrió alrededor del tallo, enredándose, pues éste se había multiplicado en finísimas raíces.

–¡Estás loca! ¿Adónde vas?

Mas, ya su voz había quedado allá atrás, allá abajo… La planta sintió que algo se rompía, la penumbra se llenó de destellos y otra luz resbaló por todo su tallo, estallando. Por las ranuras de sus hojas replegadas, vio el mundo.

Un espacio azul que parecía no tener fin. Algo exhaló sobre su cuerpo, acariciándola: era la brisa de la mañana. Y de pronto, una voz exclamó:

–¡Mira, papá, el girasol!

Por los resquicios de sus hojas plegadas vio dos círculos oscuros, húmedos, brillantes. Eran los ojos de una niña.

–¡Me quedaré aquí hasta que salgan las flores!

Se escuchó una risa y una voz grave, dijo:

–Primero tiene que crecer más que tú y echar ramitas donde se irán formando los botones. Lleva tiempo, ¿sabes? Entonces los botones también crecen hasta que se abren. Pero vamos a venir todas las mañanas, ¿eh…?

La niña dudaba.

–¿Y si en la noche hace mucho viento, y si lo arranca?

El hombre se inclinó señalando la parte del girasol que se perdía en la tierra.

–Si pudieras ver las raíces que han crecido hacia abajo, verías que es más fuerte de lo que supones.

La niña palpó delicadamente el espesor del tallo. El girasol sintió un vahído, y supo que era el amor. La dulce voz insistía:

–Tengo miedo de que le pase algo, ¿y si alguien lo pisa? Vamos a ponerle algo alrededor…

Esta vez el padre estuvo de acuerdo. Cortaron algunas ramitas de un árbol cercano, las clavaron en la tierra y con ellas, y un poco de alambre, hicieron un círculo que rodeó al retoño.

Mientras se alejaban, el girasol pensó que quería crecer ya, ahora mismo para alegrar a la niña. Pero sabía que la vida necesita tiempo.

Y tampoco hay apuro, porque cada instante está lleno de sentido, de misterio… Y de plenitud.

¡Había tanto por experimentar! El soplo de la brisa, las ondas de calor que lo envolvían. Los cambios en la luz, el zumbar de los insectos, trinos, revoloteos de pájaros, y más, más sonidos que seguían llegando…

La música que había escuchado en el interior de la tierra ahora vibraba por todo el espacio.

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